Una vida con sentido no se mide únicamente por los años que dura, sino también por la forma en que elegimos vivirlos. Qué hacemos con nuestro tiempo, qué importancia damos a nuestras relaciones o qué experiencias queremos seguir incorporando son preguntas que nos acompañan a lo largo de las distintas etapas de la vida.
En uno de los episodios de Vidas Contadas, Francesc Torralba, filósofo, teólogo y pedagogo, reflexiona precisamente sobre tres cuestiones universales: la vida, la muerte y el tiempo. El punto de partida es sencillo, aunque no siempre fácil de asumir: estamos de paso. No sabemos cuánto tiempo tenemos por delante, pero sí sabemos que es limitado.
La pregunta, entonces, no es únicamente cuánto vamos a vivir, sino qué hacemos con el tiempo que tenemos y cómo podemos construir una vida con sentido.
Vivir más no significa necesariamente vivir mejor
La longevidad está cambiando la forma en la que imaginamos nuestro futuro. Vivimos más años y llegamos a nuevas etapas con más autonomía, inquietudes, proyectos y capacidad para seguir tomando decisiones sobre nuestra vida.
Pero sumar años no garantiza, por sí solo, vivir mejor.
Torralba plantea que la calidad de una vida también depende de lo que hemos experimentado, de los vínculos que hemos construido, de aquello que hemos aprendido y de lo que hemos sido capaces de aportar a los demás.
Esta reflexión resulta especialmente interesante en un momento en el que podemos tener por delante décadas de vida activa. Esos años pueden convertirse en una oportunidad para seguir aprendiendo, recuperar intereses, conocer personas, iniciar nuevos proyectos o simplemente dedicar más tiempo a aquello que realmente nos importa.
El tiempo como una forma de elegir
Todos tenemos días de 24 horas, pero no todos los vivimos de la misma manera.
Estamos acostumbrados a hablar de gestionar el tiempo desde la productividad: organizar mejor la agenda, aprovechar las horas o llegar a más cosas. Sin embargo, quizá aprender a utilizar bien nuestro tiempo tenga más que ver con elegir qué merece realmente nuestra atención.
Una amistad necesita tiempo para mantenerse. Aprender algo nuevo exige paciencia. Cuidar de alguien requiere presencia. Una buena conversación difícilmente puede producirse con prisa.
Y hay algo que convierte al tiempo en un recurso especialmente valioso: no podemos recuperarlo.
Ser conscientes de ello no tiene por qué generar inquietud. Al contrario, puede ayudarnos a decidir mejor qué queremos conservar, qué estamos dispuestos a dejar atrás y dónde queremos poner nuestra energía.
No todo lo importante tiene que ser productivo
Otra de las ideas que aparecen en la conversación es la tendencia a organizar nuestra vida alrededor de dos grandes acciones: producir y consumir.
Trabajamos, cumplimos obligaciones y alcanzamos objetivos para después dedicar buena parte de nuestro tiempo libre al consumo de productos, ocio o experiencias. Sin embargo, muchas de las cosas que aportan profundidad a nuestra vida no encajan en ninguna de esas categorías.
Leer por placer, pasear, escuchar música, practicar deporte, compartir una comida, visitar una exposición o pasar una tarde hablando con alguien que nos importa pueden no tener ninguna utilidad concreta y, aun así, convertirse en algunos de nuestros mejores recuerdos.
Con los años, quizá aprendemos precisamente eso: no todo tiene que servir para algo para tener valor.
Dejar espacio a aquello que disfrutamos, mantener la curiosidad y permitirnos hacer cosas simplemente porque nos hacen sentir bien también forma parte de una vida plena.
La experiencia nos da perspectiva
Torralba distingue también entre hablar desde lo que conocemos y hacerlo desde aquello que hemos vivido.
Podemos leer sobre el amor, la pérdida, el fracaso, una enfermedad o un cambio profesional, pero vivir esas experiencias modifica nuestra manera de comprenderlas.
Con el paso del tiempo acumulamos decisiones, cambios, errores, relaciones y aprendizajes. Algunas preocupaciones que parecían enormes dejan de serlo; otras cosas, que quizá dábamos por sentadas, adquieren un valor diferente.
La experiencia aporta perspectiva. Y esa perspectiva adquiere todavía más valor cuando podemos compartirla con otras personas.
Por eso el diálogo entre generaciones resulta especialmente enriquecedor. Quienes han recorrido más camino pueden compartir aprendizajes construidos durante años, mientras que las generaciones más jóvenes aportan otras formas de entender el mundo, nuevas preguntas y perspectivas diferentes.
No se trata de que unos enseñen y otros aprendan, sino de crear espacios donde ambas experiencias puedan encontrarse.
Cuidar nuestras relaciones también es cuidar nuestro tiempo
Una parte fundamental de una vida con sentido está relacionada con las personas con las que la compartimos.
Torralba habla de la importancia de la conversación y de la capacidad de escuchar. Una conversación verdadera no debería tener como único objetivo convencer al otro, sino permitirnos comprender puntos de vista distintos y ampliar nuestra propia mirada.
En una sociedad permanentemente conectada, paradójicamente no siempre encontramos tiempo para este tipo de encuentros.
Por eso cuidar nuestra vida social no significa simplemente tener una agenda llena de planes. Tiene más que ver con mantener relaciones significativas, encontrar espacios de conversación y sentir que formamos parte de una comunidad.
Los vínculos también necesitan tiempo, atención e intención para mantenerse.
Vivir una vida con sentido implica elegir mejor
Aunque la muerte está presente en la conversación con Francesc Torralba, su reflexión está lejos de ser pesimista.
Precisamente porque nuestra vida tiene un límite, podemos aprender a valorar mejor aquello que hacemos con ella.
No podemos vivir todas las vidas posibles, mantener todas las opciones abiertas ni posponer indefinidamente aquello que queremos hacer. En algún momento tenemos que elegir.
Qué relaciones queremos cuidar. Qué experiencias todavía queremos vivir. Qué queremos aprender. A qué queremos dedicar nuestro tiempo. Qué cosas han dejado de aportarnos y qué otras nos gustaría incorporar a nuestra vida.
Además, esas respuestas pueden cambiar con los años. Lo que buscábamos en una etapa puede ser diferente de lo que necesitamos en la siguiente.
Quizá vivir mejor tenga mucho que ver con permitirnos revisar esas prioridades y decidir de manera más consciente cómo queremos afrontar cada nueva etapa.
Porque una vida no se mide únicamente por los años que dura, sino también por la forma en que somos capaces de llenarlos.
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